viernes, 24 de mayo de 2013

Mi padre

Mi padre nació un 24 de mayo de 1956, hace hoy 57 años. Estudió Químicas, en aquellos años, viniendo de donde venía, dando clases de matemáticas para pagar cada matrícula. Empezó a trabajar limpiando fachadas en Zaragoza, y poco a poco, llegó mucho más lejos de lo que nadie hubiera podido imaginar cuando nació, aquel 24 de mayo de 1956, en San José, en Zaragoza.

Por eso a mi padre le preocupa y le ha preocupado toda la vida una cosa: el trabajo. Y más que el trabajo, el esfuerzo. Que nadie te regala nada, que lo que consigas ha de ser siempre fruto de tu pensamiento, de dejarte la piel en todo. Eso he aprendido de mi padre y no sólo porque me lo ha dicho muchas veces, sino porque lo he visto con mis propios ojos. Suena típico eso de "te has matado a trabajar", pero mi padre se ha matado a trabajar. Durante años se ha levantado antes que los que ponen las calles y ha viajado más que los pilotos de Iberia.

Pero yo no quiero hablar de mi padre, el que trabajaba más que el Sol, aunque todo lo que consiga yo hoy sea gracias a lo muchísimo que he aprendido de él. Yo quiero hablar de mi padre, porque cuando trabajaba le veía poco. Quiero hablar del padre que alquilaba bicis en el Parque Grande de Zaragoza los fines de semana, del que jugaba con mi hermano y conmigo a las peleas los domingos por la tarde en el sofá.
Y sobre todo quiero hablar del padre que me ama porque soy su hija y mucho más. De mi padre, el que madruga para llevarme al aeropuerto, el que me espera horas antes de que llegue porque no quiere que me encuentre el vacío al otro lado de las puertas que separan viajeros de familias, en la terminal uno de Barajas. Mi padre, el que nos llevaba los domingos por la mañana a comprar el periódico a la librería de la esquina. El que no ahorra ni en libros ni en periódicos. Mi padre, el que me lee, el que me escucha. Mi padre, el que tiene conversaciones eternas conmigo sobre el desastre de este país o de cualquier otro. Mi padre, el que se desespera cuando me ve abusar de soñadora, el que no quiere que me meta en líos pero sabe que me saltaré todos sus consejos porque él también corría delante de los grises. Mi padre, el que me ha visto cometer errores con preocupación, pero ha entendido que era valiente para dejarme aprender. Mi padre, el que se ríe cuando descubro el Mediterráneo por el que él lleva años navegando, y nunca me hace sentir de menos.

Porque mi padre, además de trabajador, es discreto, sabio y serio. Porque a pesar de eso, mi padre se ríe. Porque aunque sabe que me equivoco, me lleva al aeropuerto a las seis de la mañana sin que se le pase por la cabeza quejarse. Porque mi padre no quiere que me equivoque, pero sabe que el camino es mío. Porque mi padre es mi padre, pero no es paternalista. Mi padre sabe que me equivocaré, y mucho, pero él no dejará ni un segundo de estar orgulloso. Porque mi padre nos ha educado bien. Y porque es mi padre.


Porque hoy cumple años y dirá que se hace viejo, pero no sabe que lo mejor está por llegar. Porque ahora tengo que devolverle, al menos una parte, de todo lo que me ha dado. Porque sé que queda menos para ese domingo por la mañana, cuando mi padre baje como siempre a la librería de la esquina a comprar el periódico, y cuando vuelva a casa y se siente en el sofá, abra el periódico. Y en alguna página, un titular llevará debajo mi nombre, que al fin y al cabo es el suyo. Ese día habré comenzado a devolverle algo, muy pequeñito, de todo lo que me ha dado. Pero si ese momento no llega, no importa, porque si he aprendido algo de mi padre es que siempre, siempre, siempre, hay que mirar hacia delante.

Felicidades papá.

Llover

Podría llorarse encima, en la cama tan blanca como grande, tan decimonónica como cuando la compró. Podría, y capaz es, o era, de montar el espectáculo que sólo la ira acumulada le permite y explotar, para llorarse encima. Pero no. Mejor. Agarrarse con una mano el corazón y con la otra la barbilla para no arrancárselo. Y abandonarse al placer de llorar sin esfuerzos, sin muecas de bebé, ni gritos de padre desolado. La dulzura de dejar, sobre la cama, tan grande como blanca, deslizarse las lágrimas más saladas que el mar. Sin compadecerse. Sin el abrazo que todos dan para cortar la hemorragia. Como si llorar fuera, fíjense, dramático y triste. Desesperante. Una lágrima por la soledad del alma. Y otra por la felicidad. Una, por el tiempo que jamás recuperaré, otra por tus muslos, que me dejan llorar. Una lágrima por cada muerte que no sale en los periódicos, otra por cada tonto que se enchufa a la televisión. Una lágrima por las pieles que no tocaré, los suelos que no pisaré. Otra por las miradas que se han quedado vagando entre la barbilla y el corazón y que no olvido. Una lágrima por cada trozo de chocolate, por los héroes de todas las infancias, por las generaciones inocentes que explotaron con la libertad. Otra por los noventa. Una lágrima porque coño, la vida es bella, y corta. Y las lágrimas, serenas se deslizan para mojar el colchón, inmenso y blanco. Y los muslos le han dejado agarrarse el corazón y la barbilla, buscar dentro. Frenar. Pensar un poco. Llorar, que nunca es malo, las decepciones, y los actos altruistas. Por el abrazo que no me has dado para comprender que hay que llorar, que nunca es malo. Que no hay tragedia, ni necesito un oído, ni un pañuelo, ni amor. Que comprendas, que sí, que claro y que tú también, como yo. Que hay que ser muy valiente para no dejar de llorar.

lunes, 20 de mayo de 2013

Sólo una vez

Huye de esta comodidad. De cada esquina. Huye, corre. Rápido, hasta que vueles.

Huye de esta comodidad de estar triste. Deja de echarte de menos. De recorrer las calles por las esquinas. De buscar las lágrimas, la conversación que termine de hundirte. Huye, deja de caminar hacia abajo, de dejarte arrastrar por todos estos lodos.

Sonríe. Sé feliz. Búscate hasta encontrate. Quiérete, joder. Vive. Repítelo mil veces. La vida es una vez. La vida es el amor de tu vida. La vida eres tú. Sólo serás una vez.

Abandona esta comodidad. Respira y expulsa en cada suspiro la nube gris. Huye, corre. Rápido.
Quiérete, joder. Vive de una vez, porque sólo hay una. Tú eres el amor de tu vida. Y sólo serás vida una vez.

Disfruta de cada error. Vuelve al pasado sólo para coger fuerzas. Pon tu intensidad en cada lágrima porque será la última.

Y quiérete. Porque esta vida increíble sólo es una vez. Tú sólo serás esta vez.

Los días raros

Los días eran raros. Llovía de repente, fuera o dentro. Todo es una cuestión de espacio. La mujer que sabe que hoy todo terminará, se mira en el espejo. Ya no se reconoce. Los días son raros porque esa mujer de ahí ya no es ella. Sabe que todo ha de terminar, pero no sabe si al volver y mirarse en el espejo, será capaz de verse.

La mujer que sabe que hoy todo terminará, lleva un vestido rojo con el que ha ido conjuntando toda su periferia: el bolso, las sandalias, las uñas de los pies. Se disfraza una vez más, por ser la última, y antes de partir, vuelve a mirarse en aquel espejo. Sigue sin estar. Todo en esta vida es cuestión de espacio, del que esta vez recorre la mujer que sabe que hoy todo terminará.

Porque los días eran raros. Y ella lo sabe. Llueve. Son sólo unos metros, pero llueve muy fuerte. Aunque el vestido sea rojo, se siente muy pequeña. Porque la mujer que va a terminar sabe que es fuerte, independiente e inteligente, pero hace ya demasiado tiempo que no lo siente así.

Yo la miro atravesar la calle. Porque sé que son días raros. Que la mujer del vestido rojo tiene que terminar hoy todo lo que empezó. Y sé que volverá sin verse, con los ojos como estanques, a doblar la esquina desde donde la observo. Y que habrá de recorrer mucho más espacio hasta poder mirarse, arrancarse la lluvia, de fuera y de dentro, y volverse a ver.

La mujer que sabe que todo termina, regresa de su fin. Los tiempos de hoy no son los de los héroes. Y yo la miro y pienso que es una maravilla que siga ahí de pie, caminando, recorriendo cada metro hasta que sepa volver a verse. Porque los días eran raros, porque llueve, porque en las cuestiones de espacio, sólo se ve lo que sólo termina.

La miro porque sé, que vendrán tiempos mejores. Porque los tiempos que empiezan, los tiempos que vienen, son los tiempos de las heroínas. Porque sólo la mujer que sabía que hoy todo terminaría, decidió vestirse de rojo y salir al encuentro del final de nuestros tiempos. Mirarlo a los ojos. Caminar, firme en cada paso. Porque estos tiempos son sólo para valientes, para quien afronta las cambios y sigue con idéntica sonrisa. Porque sólo ella se mirará esta noche en el espejo y verá a la mujer inteligente, independiente y fuerte que nunca dejó de ser.

Porque los tiempos de los cobardes, son por fin, historia. 

jueves, 18 de abril de 2013

Aquel lugar

Lo que escribo no es bonito. Porque echo de menos aquel lugar, que ya no recuerdo dónde está. Sólo sé que era pequeño, casi diminuto, pero me parecía más que suficiente. Tenía hasta una pista para bailar. Contigo. Quizá, porque aquel lugar eras tú. O quizá era sólo una parte de ti. Una parte que si existe, está lejos, lejísimos de cualquier otro lugar.

Porque esta vida, la mía, está hecha así. De distancias, de lugares concretos, pequeños. Ni siquiera calles enteras. Por eso lo que escribo no puede ser bonito. Porque estar en un lugar significa siempre no estar en otro. Porque os importa el tiempo y a mí el espacio. Y empiezo a pensar que aquel lugar que echaba de menos ni siquiera existe. Ese espacio que sólo era tuyo y mío, quizá no estaba en ninguna parte. Quizá ni siquiera eras tú. O quizá, era sólo una parte de ti, una de mí.

He odiado las distancias, porque siempre son largas, inmensas, eternas. Me he odiado a mí, por no poder ser mil pedazos a la vez. Por eso esto no es bonito, porque puedo quererme en este lugar, pero el lugar que echo de menos ni siquiera sé si existe. Porque quizá aquel lugar era tan pequeño, tan tuyo y tan mío, que sólo cabíamos tú y yo y no cabía nadie más ni nada, ni los miedos, ni las ganas de rendirse, ni la rutina, ni el resto del mundo. Aquel lugar, éramos sólo tú y yo. Sólo tu ilusión y la mía.

Por eso y porque aquel lugar ya nunca existe, lo que escribo no puede ya, ser bonito. Porque jamás pensé que aquel lugar, tan tuyo y tan mío, necesitara existir para ser real. Necesitara ser buscado, para morir. Que necesitara ser lugar, para saber que ya no está.

Nunca pensé que algo tan tuyo y tan mío, tan por encima de todo, podría desvanecerse.
Nunca pensé que aquel lugar, que éramos tú y yo, moriría.
Que mi compañero de viaje, abandonaría.
Que mi nación, perdería la guerra que nunca supo que libraba.
Que antes de morirnos, me matarías.

martes, 9 de abril de 2013

Como muchas otras veces, hoy tampoco estamos juntas para celebrarlo. Y mira que hemos recorrido mundo. Hemos estado juntas en media España, en Londres más de una vez, en Francia, en Italia, en Grecia, en Turquía. Hasta en Bulgaria. Y lo más importante, hemos estado juntas más de 10 años en Alcalá de Henares. En mi casa y en la suya. En las escaleras del parque, en casi todos los bares, en la piscina (no pongo posesivo porque no está claro de quién es :P ). Lo hemos vivido todo y nos queda todo por vivir.

También puedo decir que estuvimos allí la una para la otra cuando nos hacía falta, y es verdad. Pero no me apetece hacer ese discurso típico. Me conformo con decir y saber que muchos no podrán hacerlo, que después de diez años, he descubierto que la única verdad que nunca podré negar, es que quien tiene una amiga, tiene un tesoro. Y el mío tiene todo y más de lo que necesito.

Qué guapa estás con veinticinco. 

sábado, 6 de abril de 2013

En la acera

Estaba allí sentada en la acera, mirando la vida. Me había parado en aquel escalón, no porque la vida me pareciera larga. Pero los minutos sí. No me parecía bien estar allí de aquella manera, porque yo siempre amo la vida, cuando la vivo y cuando me preguntan, pero en ese momento no me apetecía vivir más. Ya me parecía que había llegado demasiado lejos, que ya poco podía descubrir, que ya estaba en la cima y no era para tanto. Que ya sólo podía volver a lo de siempre y allí no me esperaba nada. Si estando tan lejos nada me sorprendía, qué me iba a esperar a la vuelta.

Todo tiene que ver siempre con la perspectiva. Aquellas calles eran distintas, la gente era de otro color, pero no dejaba de ser gente. Y no dejaban de ser calles. Las casas eran bajas, pero eran casas, al fin y al cabo. Ya lo había registrado todo, ya había salido a la vida por todas las puertas. Ya había llegado al fin del mundo, por donde había llegado. Aquél, ya era el último rincón. Y la vida, en mi cabeza, lejos de allí, siempre era maravillosa, y merecía la pena, cada segundo, cada plano. Pero en ese momento ya no era así. La vida era finita. Todo era y es, cuestión de perspectiva.

Por alguna arista, bailaba. Las mismas telas, el mismo brillo. Rodeada de gente y sucia. Ya la había fotografiado antes. Y los putos occidentales le reían la gracia. Todos era cómplices. Tan pequeña y ya era culpable. Quería dinero, sabía decirlo en todos los idiomas. Y en otro momento era víctima y merecía todo el cariño de este mundo. Y todos la despreciaban aunque era una niña, porque todos viven dentro de la misma mentira. Y ella es mentira, un souvenir más de este viaje. Con esa cara de culpable, del horror mismo, el puto diablo en su forma más pura, todos los pecados de su mundo y el nuestro. La vida torcida desde el minuto uno.

Por eso estaba sentada allí, porque si hasta ella me parecía insalvable ya nada tenía sentido. Formaba parte del sucio juego, me hacía sentir sucia, carne podrida husmeando a billetes. No tenía ni siquiera ganas de llorar, de contárselo, de que me entendiera. Estaba a mi lado y me sentía lejos. Porque los minutos eran más largos que la vida, y aunque todo era cuestión de perspectiva, la más amarga era la única. Desde ahora y seguro, para siempre.

Miré las fotos, no sé si para revolcarme en la mierda que ya era todo, o para intentar salir de allí. O quizá, para que entendiera que yo ya no estaba allí, que no iba a darle un duro, que mi limosna no la sacaría de pobre, que no era un jodido bolsillo lleno de pasta y con patas. Que por mucho que bailara sin música, su arte no iba a convertir la vida en nada mejor. Me detuve en su foto y allí estaba, toda la maldad en los ojos de la más inocente. Nada nos iba a salvar, ni a ella ni a mí. Estábamos solas, dos hijas de puta, solas aunque fuéramos las únicas. Aisladas por dos vidas tan distintas, aunque hubieran decidido cruzarse allí.

Se acercó mucho más, y yo no decidí enseñarle su foto, y ella no decidió verla. Pero la vio y se la enseñé. Porque ya no estábamos en posición de decidir nada. No esperé nada y ella tampoco, había más cabrones que le hacían fotos y después le daban dinero. No sé si pensó en eso, seguramente sí. Sólo éramos dos egoístas, dos partes del perfecto negocio, tú te llevas dinero, yo me llevo una foto. Puedes ser menos pobre hoy, puedo limpiar mi imagen y decir que cuando luche lo haré pensando en ti.

No sé cómo se llamaba. Había viajado allí para conocerla. A ella, o a cualquiera. Para ver cómo el mundo es injusto, cómo merece la pena luchar. Cómo es verdad que la igualdad es necesaria y la riqueza absurda. Cómo la sonrisa mueve el mundo y no el dinero. Pero era mentira. Joder, era mentira. Y todo mi sistema de creencias seguía viniéndose abajo y no podía sentirme mal por llorar. No podía sentir nada.

Las lágrimas hacen actuar a cualquiera. Porque éramos así las dos, así de hijas de puta. Jugamos a ser crueles, culpables y cómplices, tanto que una lágrima es lo único que nos enternece. Me abrazó y lloré más. No sé si ella lloró también. La única diferencia es que nunca habíamos vivido ese momento. Pero por bonito que fuera, no podíamos sentirnos, después de tanto, locas, únicas, vivas. Porque ya hacía tiempo que habíamos muerto. Y morimos más cuando me ofreció dinero. La vida es así de absurda.

Porque ella era pobre de verdad. Porque todo lo que tenía para que yo no llorara era dinero. Ella, la más pobre de las dos, la última en la escala, tenía dinero para que no llorara y era todo lo que podía ofrecer. Se lo guardé y le toqué la cara. Nadie va a venir a salvarnos. No cambiaremos el mundo. Avanzaremos y cada una irá luchando sola, en cada parte del mundo, como nos hayan enseñado. Pero en cada mentira, recordaremos esto. Que te amé y que me amaste, que comprendimos la miseria. Que entonces, por un instante, yo fui más pobre que tú. Que por un instante, aunque sólo fue uno, no fuimos unas hijas de puta. Fuimos hermanas, buenas, puras. Compartimos la mierda que sólo puede ser la vida y mereció la pena. Que tu piel era la mía, que no estábamos tan solas. Que me contagiaste todas tus enfermedades y ya no me importaba. Que ya no teníamos nada que perder. Que el dinero, por un instante, sólo fue dinero. Y aunque tú sigas bailando y yo haciendo fotografías, los minutos ya no son tan largos. Ya no eres tan mala ni tan culpable. Habrás vuelto a soñar, a bailar por algo más. Y yo habré vuelto a luchar, contigo en la memoria. Volveré a llegar, por otra puerta que seguro existe y aún no he encontrado, a la cima del mundo. Para que alguien como tú me recuerde lo hija de puta que soy. Para que me devuelva las ganas de vivir, de volver a encontrarte y darte lo mismo que aquel día. La nada más pura. La vida como es. La verdad. La pasión en cada paso de baile, la gratitud del mundo, la inmensidad de la gente. Los segundos que cada día nos hacen soportar todos los demás. La niña que fuiste de verdad, la que volví a ser, la que seremos cada vez que recordemos que en un instante, fue posible que te diera lo que no tenía, que me dieras todo lo que nunca tuviste. Tan lejos de aquí, tan lejos de cualquier parte, volvimos a creer en la vida, que sólo puede ser maravillosa, aunque casi todo el tiempo no lo sea. Preciosa. 

sábado, 9 de marzo de 2013

Cartas de María I

Porque había escrito muchas, por fin decidió recoger aquellas letras, doblarlas, para que no fueran sus ojos quienes volvieran a pasar por allí, meterlas en un sobre y dar trabajo a los carteros, los únicos seres nobles de esta tierra. Porque con cada milímetro de saliva volvía a conocerse, con cada sonido perfecto de las cartas al doblarse se sentía viva y romántica. Porque nadie la conocía, necesitaba darse un paseo por la vida y sonreírle a sus errores. Ni siquiera siguió el orden cronológico que marca cada vida. Ésta es la primera, a uno de los primeros.

I

“A cualquier parte del mundo a la que se te ocurra ir, yo ya habré ido. Y no por intelectual. Seguirás mis pasos por el mundo y los sábados por las noches, cuando te sientes en el maletero de cualquier jodido coche, blanco y con los cristales tintados, pensarás en mí. Y en mi cerebro. Mientras bebes, de plástico, la ginebra más barata con tónica de marca, que nunca te ha gustado. Y no sabes por qué lo haces, mientras inspiras nicotina de un cigarrillo que tampoco te convence y se te nota, porque no sabes ni posar, que parezca parte de ti. Seré siempre tu maldita condena, cómo no te subiste al carro de libros y horas de césped que resuelven el mundo que no tiene arreglo. Por eso al recorrerlo, en todos tus horizontes sólo estaré yo. Porque no podrás olvidar que yo siempre estaré un paso por delante, haciendo todo lo que no hiciste porque ya era demasiado tarde para tu edad. Imbécil.

Y tus amigos no me gustaban porque son idiotas. La maldita enfermedad sin cura de cualquier sociedad. El estandarte joven al que todos los que no lo son apuntan cuando quieren fusilarnos, y si así fuéramos, ojalá. Porque quise creer en ti, durante el tiempo que fuera, me alejé de ellos. Porque no quise ver que las raíces no se pueden transplantar cuando son humanas. Y que al final, serías sólo una pequeña parte de plástico más, con corazón, sí, pero una pequeña parte más del mástil que sujeta la bandera de cualquier fiestón que merezca tilde. Y nada más allá de eso, un cerebro justo para caminar de frente, contratar una hipoteca, engañar o que te engañe otra tonta y que tengáis hijos. Y los llaméis churumbeles. Y les dirás cuando lleguen a la edad en la que supe que era mejor darte por perdido que llevas toda la vida ahorrando en un curro de mierda para que ellos no sean tan lentos, para que no lleguen tan tarde como tú, a cualquier acceso intelectual que les salve de la traición de raíces de la que no te salió de los huevos escapar. Tú.”


domingo, 27 de enero de 2013

Lo que eres tú

Aunque debiera eliminarte. Soplar suavemente sobre cualquier rincón por el que aún quedaras. Tú. Aunque quisiera bailar al ritmo felino de las nuevas búsquedas, de miradas, cuerpos, músculos nuevos. Cuerdas de guitarra a estrenar, que me piden que me acerque, que las rasgue, que las haga sufrir y gritar de placer. Aunque una noche de cada tantas, la garganta me pida más profundidades, un paso más allá, un poco más oscuro, un trago más, diez minutos que se conviertan en horas. Aunque olvide que existes, aunque no te cuente entre las pocas propiedades que no tengo pero alcanzo a tocar, aunque ya no me quede ni un solo centímetro de tu piel por recorrer... Lo quiero. Quiero anclarte en mi vida para siempre, firmar un contrato blindado que te obligue siempre a quererme y mejor aún, me obligue a quererte a ti. Seguir viendo cómo se eriza tu piel cuando quiero borrarte, y no dejar de soplar nunca en direcciones siempre contrarias. Bailar imaginándote ahí, al otro lado del espejo, deseando que arrastre hasta el suelo cada centímetro de tela. Tocarme la guitarra hasta que se me salga el alma, besarme y besarte hasta que no nos queden ni labios, ni luz, ni reloj. Recordar cada segundo que te olvido, recordarte. En cada centímetro, en lo más absoluto, no dejar nunca de pensarte. 

lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo que aprendí de 2012

Este año ha sido más difícil que otros. Este año hemos tenido que irnos muy lejos, a lugares de los que casi no habíamos escuchado nada, recónditos, perdidos, sucios, pequeños, demasiado diferentes para ser exóticos. Demasiado parecidos para ser atractivos. Y aún así nos fuimos, porque había que irse. Abandonamos el barco que no se ha hundido, y bueno, ni siquiera lo abandonamos, su capitán nos tiró por una borda en la que no nos esperaban tiburones porque estaban ya todos dentro. Viajamos, porque es lo que hay que hacer. Porque a estas alturas y estrecheces no se nos permite hacer nada que no sea lo que hay que hacer. Así que hemos trabajado muchísimo, sí coño, hemos trabajado en muchísimas cosas que nunca habíamos imaginado, y en otras muchísimas que sí porque, si hemos hecho lo que teníamos que hacer, no hemos hecho otra cosa que trabajar.

Y entre trabajo y trabajo, necesidad básica y secundaria, prima de riesgo y escalada, tensión, noches cortas y mañanas demasiado largas de búsqueda, hemos salido mucho a la calle. Unos más que otros, con más ganas de gritar o de pasarlo bien, de desahogarse o de cortar cabezas. Y allí nos hemos conocido un poco más. En estas calles, las que conocemos, estas calles que son ahora más nuestras que nunca, por las que hemos caminado con prisas cientos de veces, sin fijarnos ni en las fachadas físicas ni en las trascendentales, hemos sabido que lo que a cada uno nos iba matando, iba matando también al de al lado. Y así, descubrimos que lo que no podíamos hacer solos, sí podíamos hacerlo con otros. Cada uno trepando por esta montaña de vida, tan difícil y tan divertida, hemos ganado conciencia, hemos roto con el individualismo que nos tenía a todos tan separados estando tan cerca, y hemos empezado a unirnos descubriendo que ésta es la única manera de luchar y al fin y al cabo, de vivir. Juntos.

¿Qué he aprendido en 2012? Pues parecerá palabrería, y lo habrán dicho muchos antes, y no será ni original, ni transgresor, ni postmoderno. Pero lo que yo he aprendido en 2012 es que da igual si el lugar es recóndito, perdido, sucio, pequeño, diferente, poco exótico o poco atractivo. Lo importante es que estés tú. Y tú, y tú, y tú. Y lo que hacemos juntos, lo que pensamos, lo que reímos, todo lo que hablamos y sentimos, lo que empezamos y no abandonamos, lo que construimos. Tú, y tú, y tú, y tú y yo. El paisaje es lo de menos, contigo, -y contigo, y contigo, y contigo- se puede ser feliz en cualquier parte.

Así que a 2013 le pido tiempo, que es lo más caro y precioso que tengo, para compartirlo un poco más con cada uno. Tenemos todo un año por delante. No pido que sea mejor, quiero que nosotros lo seamos. Muchas gracias a todos los que habéis estado a mi lado este 2012, soy mucho más feliz con todos vosotros.

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